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Gloria y glucosa. Cuento ciclista.

Cuento sobre ciclismo. Fotografías extraídas de https://www.instagram.com/paulineballet/. Todos los derechos reservados.


Me lo habían susurrado los calientes asfaltos de la Europa mediterránea como coros de adrenalina: ¡Aníbal Jamioy! Hijo de un Cóndor y de la Virgen de Chiquinquirá, venido al tiempo y la materia en El Espino, Belén de los Alpes colombianos. ¡Tú eres el primogénito de la cinética! A ti llegaron peregrinos rodadores, esprínteres, contrarrelojistas y escaladores siguiendo una Colnago fugaz… allí te ungió el desnivel y te eligió para seducir cronos desde la tachuela hasta los categoría-especial-encadenados. ¡Aníbal Jamioy!  Tú eres El Siguiente, eclosionando en cada músculo calcinado del amor a la cuesta.–La carretera me lo había confesado -¡No miento- mirándome directamente a los ojos desde lo negro de sus ojos: eres el nuevo nivel ciclista. Y juro que no es un ramalazo de esquizofrenia, ni una alucinación del ego, ni una arenga de autoayuda que recitar frente al espejito del baño del autobús del equipo. ¡Juro que la carretera me lo había confesado! Tú eres el siguiente nivel ciclista

Quizás aquellos asfaltos dijeron la verdad. La verdad de entonces. Hoy estoy sufriendo, como de una religión anacrónica, la crueldad de una palabra gastada. Esta tarde mi cuerpo es una losa de mármol.

Mi cuerpo es una losa. Mis huesos huecos de ave están preñados de plomo. Mis pulmones no son alas de mariposa: son orejas de elefante. ¿Qué me está pasando? Ya no puedo ponerme de pie encima de la bicicleta. Balancearla como antes me es ahora una actividad inorgánica. ¿A quién quiero engañar con este contoneo contra la libido? Soy un panteón de la danza, los aficionados me vienen a llorar. No puede ser.

Rebusco dentro de mí algo que me devuelva a la senda del automatismo y, del automatismo, dar un salto de confianza a la gracilidad. La fuerza estaba justo aquí, la dejé aquí mismo, algún cabrón me la ha robado. Muevo el archivador de las memoria por si hay debajo algunas migas de energía, pero solo hay polvo. Vacío el ropero de los tejidos biológicos. Polvo. Bajo al taller celular. Polvo y mierda. Es como si una especie de alzhéimer articular prohibiera mi garbo. Es más, multa mi aspiración al garbo.

Como no encuentro ayuda por dentro, busco fuera de mí. Tiene que haber algún átomo, de entre toda la infinitud, que me tire una sirga. No puedo haber sido olvidado hasta ese extremo. O sí, porque los gritos de ánimo de la gente me suenan a portazos de electrones, protones y neutrones. Busco solidaridad en la magia élfica de estos bosques preciosos de Francia, en algún comentario positivo de los analistas de la radio que suenan desde las autocaravanas, en la ilusión del borracho disfrazado que me empuja y me anima desde la cuneta. Pero las cruces rojas que me devuelven no son las de la institución del socorro, sino el tachón del maestro cuando fallaba una pregunta de examen.

El cielo cero nubes cae a melé con toda su luz, destellando en los cromados de los coches de equipo y en las líneas de pintura blanca de la carretera. Yo me escondo debajo del casco y detrás de las gafas de sol, acumulando el sudor aplastado sobre las patillas y el puente.

Palpo los bolsillos de mi espalda buscando una barrita energética que llevarme a la boca o una pistola para reventarme la cabeza. Y es que no solo estoy hablando de sensaciones físicas o de impresiones líricas: esta es una crisis (como casi todas en esta disciplina) avalada por la ciencia. Si pudiera pararme a escuchar mi organismo de forma clínica, solo hallaría el silencio del desabastecimiento de mis rutas metabólicas. La gloria y la glucosa son un recuerdo. Bajo la mirada, en parte por la presión de la columna de aire que aplasta mi nuca, en parte buscando consuelo en el potenciómetro. El dato digital, programado para la verdad incuestionable, es otros tantos clavos en mis piernas: los vatios que genero en cada pedalada son pigmeos demacrados. Esta vieja industria movedora de países está en repentina decadencia, y solo quedan unos pocos julios por segundo tirados por el suelo. Mi pecho grita como un obrero en una fábrica vacía y de mi garganta solo sale el eco del óxido. Yo, el titán comemontañas de los antiguos mapas chinos, que hasta hace dos tardes habría remontado los Olimpos mitológico y marciano, estoy siendo derribado por un puerto mediocre, cualquiera. Largo (catorce kilómetros), sí, pero tendido (seis por ciento de desnivel medio). Después de predicar con plato grande mi pulsión atacadora por la Bola del Mundo, el Muro de Puy, La Colombiére, el Tourmalet o el Mortirolo, mi séquito de físicos, poetas, mecánicos, teólogos y patrocinadores se estará llevando las manos a la cabeza ante el tamaño de mi náusea.

Escupo del mareo.

Escupo otra vez.

Y otra vez más.

Acomplejado por mi nueva debilidad, me espasma una reacción que se hará viral en internet. La fuerza que no tengo para moler los pedales, aparece para dar dos puñetazos de rabia al potenciómetro. Yo los he sentido firmes -¡pac!- y furiosos -¡PAC!- como dos confirmaciones de carácter. Luego en el hotel veré en los vídeos que ni pac ni PAC ni mierdas. En la pantalla del smartphone aparecerá el arrebato patético de un deportista sobrepasado delante de millones de personas. Los golpes llorosos no inmutan al aparato, que sigue escupiendo cifras letales. El lateral de mi mano sí queda dolorido debajo del guante, y los siguientes segundos pierdo casi por completo la garra prénsil de mi diestra. Doy bandazos agotados, tumbos casi acantilados. Quedan 5 kilómetros hasta la cima y mis rivales han minado de muros de viento los 72” que me sacan de ventaja. Nos separa una distancia sideral, inasumible para un neumático.

Voy con otros tres corredores. Como soy yo quién tiene el caché los tres se ponen a mi rueda, obedeciendo a una lógica jerarquía de talento. Trato de ignorarlos, pero no puedo evitar cargar también con sus martirios. ¿De dónde me nace esta empatía, que siento los sudores de todos en mis sienes? Me pesan demasiado. No reconozco sus rostros, sus nombres, sus maillots: son un tríptico de bloques de acero. Anclas. Demonios obesos. Mucho más arriba y adelante están los tipos con los que me juego la general. Son tres escaladores viciosos que se encadenan con sadismo para hundirme. Ciclismo a fondo. Hélices. Demonios ultraligeros. Cuando la carretera serpentea y la fronda de aficionados y vegetación se despeja, de vez en cuando los veo, las mismas veces ellos me ven a mí. Giran continuamente la cabeza buscando mi atrancada marcha funeraria, tan sorprendidos como agradecidos. Les basta conectarme una mirada para revolucionarse contra el rey enfermo. Estoy secuestrado en un sótano en el que me golpean las cadencias de su pedalear a muerte. No sé asumir que van a arrancarme a navaja este maillot amarillo. Esos putos diádocos menores okuparán mi palacio, descolgarán mis retratos cabalgando la fibra de carbono y quemarán los grandes telares de mis gestas que los periodistas han tejido letra a letra, año a año. Y uno de ellos, el menos barato, trasladará el Belén mediático de El Espino hasta su comunidad de vecinos, allá por La República Checa, Inglaterra o España. Estoy dejando el ciclismo en las piernas de cuatro oportunistas que ignoran el punto de nata de mi pedaleo, que solía fluir dulcemente entre la competitividad y la estética.

Ya basta.

Vuelvo a agachar la cabeza por mandato de fatiga y descubro mis manos empuñando el manillar como un mandoble partido. Hay una guerra antigua perdida en mis falanges. Los tendones tiran dolorosamente de las muñecas, los dedos se osifican curvados, las gomas de los guantes y del manillar casi se funden en una única textura viscosa y maloliente. Me digo que tengo que tomar consciencia de mis extremidades, retomar la autoridad sobre mi cuerpo. Pienso unos segundos en ello. Somatizo esa reflexión sobre mis manos y logro relajarlas un poco. Ha funcionado. Pienso más en desestresarlas, hasta que consigo soltarlas alternativamente. Y llego a sacudirlas. El desagarrotamiento de la mano izquierda salpica a un fanático que me anima disfrazado de dinosaurio con un maillot del Education First; el de la mano derecha gotea en el asfalto –ofensivamente silente- y hace resbalar un poco al bloque de acero que sigue detrás de mí chupando rueda. Esa minucia imaginaria me aporta un poco de tranquilidad y esbozo una mueca de sonrisa que imagino que devuelve cierto color a mi cara, Egon Schiele ante las cámaras de Eurosport. Creo haber descubierto el perfil de la carrera del alivio. Me intento, me quiero agarrar a esa acrobacia de mi mente, la única bengala positiva que ha emitido mi organismo en los últimos quince minutos. Resoplo. Bufo. Repito con mi cabeza la fórmula pautada que he aplicado con éxito a mis manos, en otro notable ejercicio de fantasía:

  1. Repaso casi todas mis circunvoluciones cerebrales como leyendo un mapa en relieve. Localizo la parte más saturada de mi cerebro. Es una perla de carbón que se hunde y aprieta el órgano. Raspo la perla como una costra dejando al aire un agujerito. Con un escorzo que me cuesta hasta en la imaginación, me taladro el casco y el cráneo con una broca gruesa. Retiro el taladro e inserto una pajita. La noto fría con los bordes del agujerito del cerebro. En seguida se libera la presión malhumorada. La pajita expulsa como una chimenea mis malos pensamientos.
  2. Sacudo la cabeza como un chucho. Los residuos de opresión salpican en todas direcciones. La gran víscera rosa, las pelotas de tenis oculares y los músculos de la mandíbula se aflojan. Al fin noto que circula la frescura.

El desbloqueo mental me ayuda a recuperar la electricidad en el cuello y puedo asentar la mirada en el frente. Por primera vez en muchos metros intuyo algo de futuro en la carretera. No tengo ni mucho menos una velocidad de crucero, pero ahora estoy trepando el puerto y no clavado a él como el número del dentista a un corcho.

Siguen llegando buenas noticias. El universo parece que quiere recompensar mis buenas vibraciones y escucho un grito reconocible desde más abajo. A los tres bloques de acero se ha sumado una voz amiga, que insiste –¡Ani!-. Por mi nombre y apellido me llamaban los asfaltos cuando me encumbraron como El Siguiente. Ahora la brea calla y es mi compañero Lech Wajda quien me llama con su áspero acento polaco, lanzándome mi apodo cariñoso como una flotador: –¡Ani! ¡Voy!-. Sí que viene. Y trae cubos de ligereza.

El bueno de Lech es un apuesto rodador aventurero, fiable en casi todos los terrenos. Como tantos otros en el ciclismo moderno, el fetichismo por la estadística le ha convertido en su propio chamán profesional. En tiempos de padecimiento como estos, Lech acopla su cuerpo largo a la montura y se acurruca para defenderse de los porcentajes criminales de las cuestas. En pocos meses, este Cancellarita se tendrá que enfrentar a la resistencia rutinaria que caracteriza a los vueltómanos. Aún está por ver su cuajo liderando tres semanas (cosa que yo he hecho en múltiples ocasiones: dos de rosa, dos de amarillo, dos de rojo), pero de momento suele aparecer pintón en etapas sueltas y carreras de una semana. Hoy viene descolgado de una fuga de calidad que lo ha repelido en las primeras rampas de este último puerto. Pero en vez de abandonarse ha querido completar una etapa decente y, si es capaz de mitigar mi sangría de segundos como gregario, entonces su jornada será extraordinaria.

Lech es un joven aún por probarse en la élite; yo soy la puta élite. Pero la montaña toma sus propias decisiones y administra los calvarios como le viene en gana. He tenido su favor durante bastantes temporadas, pero ahora mismo Lech tiene mejor cadencia que todo el tren de cuatro estatuas del que voy (iba) tirando. Me da una palmadita en la espalda y se pone delante. Conozco su ritmo constante, ahora rebajado al nivel de mi convalecencia. Con el desfilar modélico de Wajda, el último de los bloques de acero se suelta y cae al vacío: Adiós, puta rata. Mi complexión sigue encogida por el castigo y mis piernas están a dos vatios de la explosión, pero encuentro comodidad en el socorro de mi amigo. Este polaco ha venido, después de doscientos kilómetros, para comerse los muros de viento negativo por mí. Me alegra mirar adelante y ver ese culo flaco, me transmite confianza. Su sacrificio me va empujando los gemelos, me va engrasando las rodillas. El obrero deja de gritar, recoge los julios por segundo del suelo y reactiva el tejido industrial. He de ser obstinado y no desfallecer por ti, tovarich. No desfallecer por ti.

La carretera empieza a llenarse de forofos y sus gritos políglotas de ánimo anuncian que el final está cerca. Espero la pancarta del último kilómetro como a la eutanasia. Miro hacia arriba buscando la meta. Me acuerdo entonces de mis competidores por la general, que ya habrán coronado hace mucho tiempo. Reconozco que me nace una cierta envidia de champán. Pero la supero pronto. Les doy una enhorabuena interna: sé que no quemarán mis retratos y telares y que ninguno hará girones este amarillo porque todos quieren vestirlo limpio e impoluto. Luego miro hacia abajo. Otro de los ciclistas de nuestra penosa caravana se ha despegado, no sé cuándo. Pero el que se ha pasado todo el puerto subido a mi chepa como una mochila de piedras, ahora va y nos adelanta como un felino a Wajda y a mí en los metros finales. No me molesta. Se llama Thibaut Cardinal. Francés. El nuevo Fignon, escribió L’Equipe. Hoy no. Veremos mañana.

El bosque se esfuma en la cima calva de la montaña y deja ver una estación de esquí, que se yergue como un interrogante en medio del verano. Es fácil asumir tu carrera cuando ha sido un vergel. Trago saliva ahora que me toca ser una pista sin nieve. Por un segundo, la carretera se desploma. Solo es un bache. Suspiro. Miro a los lados y miro a la gente. Me conmueve su afición, porque no veo en sus ojos juicios ni cadalsos, sino una tierna empatía con mi ruina. Admiran la pasión sin moral del Jesús ciclista, que sufre debajo de cada uno de los dorsales. Hay muchos más belenes lejos de El Espino. Será este deporte de lunáticos. La gente y el final me abrigan, así que me aúpo a esta inercia del ego, casi desencadenado. Ahora que siento cerca el final, consigo captar con claridad mi alrededor: las pintadas de la carretera (ANÍBAL LE SUIVANT, JAMIOY X7, ANÍBAL MÁS CANÍBAL), las serigrafías de las vallas publicitarias, el aire fresco y puro de los Alpes, la más o menos recobrada agilidad de mi EM525, la certidumbre del potenciómetro y el azaroso gobierno de la montaña. No necesito tocarme, pero ya me reconozco dentro de mi cuerpo. Debajo de la vergüenza por haber estado al borde del colapso, de la piel tostada y de los músculos calcinados, recuerdo mi suave osamenta de ave.

He perdido el Tour de Francia.

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